En el granero


Axel se encontraba muy preocupado por sus padres, ellos vivían solos en la casa de campo, y no los había visitado por tres semanas debido a un accidente de trabajo, además las líneas telefónicas que a menudo fallaban, no ayudaban mucho para estar en contacto. Así que envió a dos de sus hijos para buscarlos, y estos se hicieron acompañar de un par de amigos. Al llegar a la casa de campo ya había caído la noche.

Los ancianos no respondían a los llamados, así que los jóvenes entraron y acomodaron a sus acompañantes en la sala de estar mientras ellos revisaban las habitaciones. De pronto un fuerte sonido proveniente de afuera, hizo saltar a los chicos que apenas buscaban donde sentarse. El murmullo del viento se coló por las ventanas, semejando gemidos dolosos de almas torturadas. Comenzaron a bromear por el susto que se llevaron, y de nuevo escucharon sonidos en el exterior, pero esta vez tan fuertes, que parecían no corresponder a la intensidad del viento y les hicieron pensar que alguien estaba afuera.

Las luces se apagaron de repente, y sacaron de inmediato sus celulares para iluminar la escena, pero apenas alcanzaban para aclarar un par de pasos al frente de cada uno. Los nervios los apresaron, sus piernas apenas respondían al dirigirse hacia la puerta… cuando estuvieron todos juntos, caminaron cautelosos buscando la procedencia del sonido que tanto los alteraba, así llegaron frente a la puerta del granero, que rechinaba y se azotaba como si algo la hubiese aventado con fuerza, dentro la oscuridad parecía más profunda y les arrancaba gotas de sudor frio.

Entraron a paso lento, con los aparatos dirigidos hacia el suelo para cuidar sus pasos, pues hacia enfrente no pueden distinguir nada más que bultos, se detienen todos a la vez, al escuchar claramente el ruido de unas pezuñas rasgando la madera, acompañado del arrastrar de una cadena que se dirigía hacia ellos.

-¿Qué es eso?- grita uno de ellos lleno de horror y echa a correr, el resto lo sigue sin averiguar nada, otro resbala, cae al suelo y clama por ayuda, el corazón les late tan fuerte, que la mayoría de ellos no puede parar, solo uno regresa le da la mano para levantarse, pero en ese mismo instante se desvanece, su cuerpo se vuelve flácido y cae al suelo.

El resto de los chicos para entonces ya habían subido al auto y encienden las luces para que los dos que faltan corran hacia ellos, pero, ya era tarde, el muchacho tirado en el suelo, solo alcanza a decirle a su amigo –¡Váyanse de aquí!- y le deja la mano cubierta del sangre al soltarla.

No pretendía marcharse sin su amigo, pero un alarido agudo y profundo, hizo vibrar las paredes del granero y las cadenas sonaron de nuevo.

Así que corrió entonces con todas sus fuerzas hasta el auto, desde donde todos los chicos pudieron ver claramente, que un engendro extraño, que solamente podría pertenecer al mismo infierno, jaló a su amigo dentro del granero y jamás volvieron a verlo igual que a los abuelos.

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