El conejo mugroso

Eran alrededor de las tres de la mañana, y yo aun me encontraba estudiando para los exámenes finales, los ojos se me cerraban, estaba a punto de caer dormido, cuando el leve llanto de un niño me puso en alerta. Pensé que tal vez me había quedado dormido por un momento y lo había sonado, así que me fui a la cama. Apenas me había acomodado, cuando un tenue y lastimoso quejido vino del entretecho. Llamé a mi madre y ella dijo que se trataba de un gato, así que la explicación me dejó satisfecho.

Al siguiente día siguiente convencí a mi padre de revisar el entretecho, pero el día termino y no lo hizo. Esa noche ocurrió lo mismo, con un toque extra, la tabla que estaba justo a mi cabeza, crujió de pronto; voltee a ver lo que pasaba, y esta se hundió, dejando caer el polvo sobre mi cara.

Mis gritos de terror asustaron a toda mi familia que acudió corriendo a ver lo que me pasaba. Terminé siendo reprendida por haberlos despertado tan solo por “unos simples gatos”. No fui capaz de imaginar el tamaño que debió tener el gato para doblar la madera de esa forma.

La mañana siguiente, no esperé por mi padre, y yo misma subí al entretecho para averiguar. No teníamos linterna, así que me iluminaba con el celular, la luz no alcanzaba a llegar hasta las esquinas, así que tuve que revisarlas una por una. No encontré nada más que simples excrementos de gato, lo cual comprobaba que mi madre tenía razón y era yo una miedosa de primera.

Esa noche planeaba dormir bien después de estudiar, pero me sentía intranquila, observada, parecía que no estaba sola, y lo comprobé al ver una sombra, que se asomaba por mi puerta entreabierta, era una pequeña cabecita… y entonces por más que quise no pude gritar. Tampoco me moví de mi sitio y ahí amanecí dormida. Mi madre me despertó muy de mañana diciendo, -No sabía que aun tenias peluches- y me dio un sucio conejo al que le faltaba una oreja, diciendo que lo había encontrado en la puerta de mi habitación.

Yo me fui de prisa porque se me hacia tarde para el examen y regresé de noche, después de haber celebrado con los amigos el fin de curso. Estaba tan cansada que olvidé por completo lo sucedido y me dejé caer en la cama. Ese momento lo viví en cámara lenta… desde un rincón oscuro una silueta caminó lentamente hasta un punto más iluminado, era un niño pequeño, translucido y sucio. Se movía temeroso extendiendo sus manos y lloriqueando. No podía entenderle ni una palabra. Pero mi mente se aclaró al sentir que caí sobre el conejo mugroso que mi madre había puesto sobre mi cama.

Mis manos temblaban tanto que ni siquiera podía tomarlo, solo veía que el niño se acercaba a mí balbuceando muy enojado, sus ojos parecían estar ardiendo, y sin saber cómo, logré aventarle el conejo. Entonces su expresión cambió por completo, se desvaneció ante mis ojos, sonriendo y no volví a verlo, aunque diariamente se escucha en el entretecho.

Dicen que se trata del espíritu de un niño que vivió ahí antes que nosotros, su padre lo golpeaba mucho y decidió esconderse en el entretecho. Escuchaba a su padre decir las horribles cosas que le haría si aparecía, así que no quiso salir más, aunque le costara la vida.

A veces me encuentro el conejo mugroso por la casa, pero de inmediato subo y lo llevo al entretecho, no sea que un día venga de nuevo por él, porque lo más que soporto hasta el momento es escucharlo decir –gracias- cada vez que se lo acerco.

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